Se trata nada más ni nada menos que de "El nombre de la rosa", de Umberto Eco, doctor en filosofía y catedrático de semiótica en la Universidad de Bolonia. Debo decir que mis lecturas de Eco siempre me aportaron mucho. En ese sentido debo confesar que después de leer su libro "Como escribir una tesis", me decidí a cursar mi posgrado. El deseo por obtener una maestría tuvo tres causas principales: ampliar mi campo de conocimiento, adquirir métodos para la investigación, y también poder escribir una tesis.
Ahora releo El nombre de la rosa, no para refrescar la anécdota, sino para detenerme en aquello que obviamente en esa primer lectura no estaba en condiciones de percibir: el estilo, la sintaxis perfecta, los guiños al lector, la intertextualidad.
Me centro entonces en lo que dice antes de abordar la novela en si, esa especie de sucesión de paratextos que un novato en la lectura, como yo en aquella época, seguramente hasta desee obviar. Ahi está lo contundente de la escritura, este preámbulo que anuncia lo que sigue, estas señas sobre ese puzle increíble que es la obra.
La edición de bolsillo que obtuve en una oferta de usados, posee (además de un índice que ordena la lectura) la traducción y comentarios de los textos en latín que el autor no creyó necesario incluir, y lo mejor de todo: las "Apostillas a El nombre de la rosa". Yo había accedido también a ellas pero en un libro aparte. Que buena sorpresa encontrar que esta edición económica pudiera agregarlas, gracias, gracias, gracias.
Este apartado pudiera extenderse en páginas y páginas, pero creo que sería buena cosa terminar esta pequeña crónica de mi relectura tomando algún párrafo del maestro Eco, cederle la palabra e invitarles a leerle siempre.
" Ahora no importa en absoluto que lo aclare: allí está el texto, que produce sus propios efectos de sentido... El autor debería morirse después de haber escrito su obra. Para allanarle el camino al texto"
Tomado de Apostillas al nombre de la rosa

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